Lamiel
Lamiel La intimidad con el conde duró medio día; por la noche, Lamiel le encontró ya una sequedad de alma que le cortaba la palabra. Sus palabras tenían una gran dignidad, pero esta dignidad le costaba un gran esfuerzo; Lamiel lo veía, y no hubiera sabido decir a qué se debía su aburrimiento; pero aquel hombre era lo opuesto de lo que ella se había figurado y le gustaba como lo contrario del duquesito. La idea de pegarse un tiro —pues Lamiel creía todo lo extraordinario— acabó en seguida con su aburrimiento. Miraba a Nerwinde.
«¡Conque este hermoso rostro tan noble y tan frío es el de un hombre que va a matarse dentro de unas horas! Y se comporta con una sangre fría perfecta».
El conde estaba haciendo el equipaje y parecía absorberle el cuidado de no estropear sus cosas; orgulloso de su habilidad para hacer baúles, en este momento era un perfecto viajante; pero Lamiel no veía nada; su alma estaba conmovida por el disparo de pistola tan próximo. El conde ponía en los equipajes la dirección de su hermana, la señora baronesa de Nerwinde. Los acompañó a la diligencia de Périgueux, y, desde la estación de las diligencias, los envió a Versalles en un furgón de alquiler. Al día siguiente por la mañana, madame Le Grand recibió la carta acostumbrada:
«Cuando lea estas palabras, etcétera, etc.».
Lamiel, al oír esta lectura, bajó la cabeza y en seguida rompió a llorar. Monsieur Le Grand exclamó: