Lamiel

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—Mil seiscientos sesenta y siete francos perdidos —y se puso a hacer la nota real de la cuenta; quería conocer la pérdida real; la cuenta a pagar era de mil seiscientos sesenta y siete francos; la cuenta real no pasaba de novecientos.

—El año pasado perdimos el cuatro por ciento de los ingresos brutos; este año, perderemos el seis por ciento, pues no cuento el valor de los sillones y las porcelanas del pobre conde; acaso haya dispuesto de ello en su testamento.

Toda esta discusión sumió a Lamiel en una profunda tristeza. No sentía ciertamente amor por el conde; el sentimiento que le oprimía el corazón no era más que simple humanidad.

En Versalles, en medio de una sociedad devota y que se lamentaba de todo, el conde se moría de aburrimiento; pero era ante todo prudente, y un rasgo de su rara prudencia mejoró su fortuna. Para ser bien recibido a pesar de su pobreza, que comenzaba a trascender, había decidido hacer la corte a una marquesa madura, madame de Sassenage, uno de los más sólidos pilares de la Congregación en la localidad. El carácter duro y la exacerbada vanidad del conde dieron que hacer a la marquesa y mitigaron su aburrimiento. Para cazarlo y obligarle a cortejarla, se le ocurrió inducirle a entrar en las filas de la Iglesia. El conde, que sabía explotar su nombre con rara habilidad, le dijo gravemente:


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