Lamiel
Lamiel —Le debo la vida; mi pasión por usted me ha hecho disparar al aire la pistola que acababa de cargar. Recobrada la sangre frÃa y pensando en sus divinos encantos, he hecho saber a mi hermana el estado de mi fortuna. La sangre de los Nerwinde no podÃa desmentirse; mi hermana me ha enviado un paquete de letras de cambio y todavÃa tiene usted tiempo de vestirse antes de la Opera.
La idea de la Opera y de encontrarse en el teatro antes de una hora hizo olvidar en seguida a nuestra heroÃna la triste idea del conde de Nerwinde muerto por la pistola del suicida. Entraron en diversas tiendas donde la joven provinciana cambió de vestido, de sombrero, de chal. Al dirigirse a la Opera, el conde le dijo:
—Tengo miedo de su padre el subprefecto; si triunfa en las elecciones, quizá no le nieguen una orden para perseguir a una hija rebelde y que serÃa mi amor —dijo en un tono frÃo.
Lamiel le miró y sonrió.
—Se llamará madame de Saint-Serve. Elijo este nombre porque poseo un magnÃfico pasaporte para el extranjero con este nombre de Saint-Serve.
—¡Pero bonitas acciones heredo de esa dama!
—Era una muchacha no tan bella como usted, pero que tenÃa también un padre peligroso; se marchó, y nos pareció más prudente ponerla en el pasaporte de su amante como esposa. Esto es un tÃtulo en el extranjero.