Lamiel

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La resurrección del conde de Nerwinde fue un acontecimiento en la Opera, y él se sintió plenamente feliz. Madame de Saint-Serve tuvo un éxito enorme.

Al día siguiente, Nerwinde se escondió, y sus amigos entablaron negociaciones con los acreedores. Todas las personas que no frecuentaban el foyer de la Opera le creían muerto.

Al salir de la Opera, el conde llevó a Lamiel a un pisito de la Rue Neuve-des-Mathurins.

—Si me hace caso, no volverá a ver a madame Le Grand —le había dicho a Lamiel, entusiasmada con la Opera—; podría decir que madame de Saint-Serve es conocida de mademoiselle Lamiel. Escríbame en un papel lo que le debe aproximadamente, y mañana un desconocido irá a pagarle y a darle recuerdos suyos.

Aquel día, desde las siete a las doce de la noche, Nerwinde, lleno de deudas, expuesto al día siguiente al resultado de cuatro juicios que le mandarían a Clichy, sin más fortuna que una letra de seis mil francos que no enseñó a nadie, compró todo lo que compone el atavío de una mujer muy brillante, y los comerciantes le quedaron muy agradecidos: al comprar en su tienda, tenía el gesto de hacerles un favor.


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