Lamiel
Lamiel Asà triunfaba aquél carácter frÃo, contenido, siempre calculador y que sólo temÃa en el mundo el dolor fÃsico para su querida persona o las cuitas de vanidad. Aquel carácter tÃmido y frÃo fue formado por una época de vanidad y de tedio. Antes de 1789, hubiera parecido soberanamente aburrido, un carácter de gascón frÃo y presuntuoso de los que se veÃan en las comedias.
Como las mujeres de nuestros dÃas no tienen ya voz en el capÃtulo, Nerwinde, poco a propósito para conquistarlas, debÃa su brillante fama a dos duelos y sobre todo a unos ojos pequeños y frÃos cuya audacia parecÃa inquebrantable. Sus facciones, un poco kalmucas, pero nobles, sólo se salÃan de lo vulgar gracias a su frialdad, su cortesanÃa y su aparente expresión de tristeza o más bien de dolor fÃsico. Naturalmente rebeldes a la expresión, no decÃan jamás sino lo que él querÃa que dijeran; disimulaban de una manera admirable y completa las frecuentes acritudes de un alma helada, pero egoÃsta con pasión y que, ante la menor perspectiva de sufrimiento, se sentÃa desesperada hasta echarse a llorar. Monsieur de Mentón habÃa dicho de él:
—Es un cauteloso jugador de ajedrez al que la tonterÃa de la gente cree un poeta.