Lamiel
Lamiel El conde de Nerwinde, por su prudente seriedad, frío y siempre preocupado del público, con la fisonomía de un lobo escondido al borde de un camino acechando el paso de un cordero, estaba en su elemento en un círculo de veinte personas. Entonces hablaba con efectos y asociaciones para lograr una elegancia que molestaba a las personas de gusto delicado; pero tenía la pasión de hablar y contar, y, bastante grosero por naturaleza, no se daba cuenta de los fallos.
Esta pasión de hablar, de contar, de imponerse en todo, le hacía sufrir vivamente cuando alguien contaba la menor cosa delante de él. A todo lo que decían tenía siempre alguna agria objeción para cortar cualquier conversación en su presencia. La vida íntima con él era un suplicio. Su aspecto triste, o al menos serio y fácilmente agresivo, impedía las frases ingeniosas y todas las sensaciones agradables; esas frases ingeniosas que son la sal de la conversación francesa y que requieren siempre cierto grado de confianza en el auditorio, con cuyo amor propio juegan muy a menudo.
Por indulgente que fuera la filosofía y el deseo de cordialidad del interlocutor, las contradicciones continuas del conde eran un obstáculo para la conversación sobre las cosas más simples.