Lamiel
Lamiel Lamiel estaba muy lejos de poder darse cuenta de todas estas cosas. Buena, sencilla, alegre, dichosa, sin malicia en el fondo del corazón, no podía adivinar a qué se debía el que su vida no le fuera grata. Estaba encantada del papel que el conde le hacía desempeñar en el mundo y de la alta situación en que la había puesto. Su conversación no habría sido tan ingeniosa, tan brillante, tan aguda, si no la hubieran escuchado con religiosa atención. Sin atención previa, hay que pegar fuerte, como en el diálogo de un vaudeville.
«Y ¿por qué me tratan con esta anticipada benevolencia, incluso gentes que asisten por primera vez a nuestras comidas? Unicamente por el prestigio que tiene el conde. Pero parece ser que el esfuerzo que éste hace por sostener ese prestigio le fatiga; por eso está de tan mal humor cuando estamos solos. Bueno, pues con estar solos el menor tiempo posible… Cuando volvemos a casa, se acabó la alegría; en cuanto está solo conmigo, se vuelve áspero, casi insultante, él, que es en sociedad de una cortesía tan ceremoniosa; parece que le ofendo dirigiéndole la palabra, incluso para preguntarle su parecer sobre algo».
Todas estas reflexiones, más bien sentidas que explicadas con precisión, se atropellaban en la mente de Lamiel mientras ésta se miraba al espejo para ponerse los papillotes.