Lamiel
Lamiel «Hace sólo un momento, al quitarme el sombrero, yo estaba con la sonrisa en los labios —se dijo— y ahora tengo la cara triste y he de dominarme para no irritarme. ¡Y asà todas las noches! Este hombre tan impresionante debe de estar cansado del esfuerzo que hace para mantener su posición en sociedad, y cuando está cansado se pone de mal talante».
Se metió en su dormitorio y se cerró con llave.
Pasados solamente ocho dÃas desde la primera velada de la Opera, ya Lamiel tenÃa ese valor sin esfuerzo de los caracteres perfectamente naturales.
—¿Qué significa esto? —exclamó el conde con aÃre de enojo, al oÃr el ruido de la puerta cerrada.
—Esto significa —le gritó Lamiel a través de la puerta— que estoy harta de tu noble presencia y que quiero estar tranquila.
«¡Bueno, perfectamente! —pensó Nerwinde—; ¿qué necesidad tengo de gastar los nervios con una criatura que todo el mundo ve que me pertenece? Lo esencial es que, con su belleza y con el ingenio que yo le inspiro, me honre en sociedad. Voy a castigar a esta presumidilla: esperaré a que me llame a su cuarto, y sobre todo no me verá jamás molesto por su absurdo capricho».