Lamiel

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Quizá pregunte el lector cuál era la base moral de este extraño carácter del conde. Las pretensiones, las fatales pretensiones, una de las principales causas de la tristeza del siglo XIX. El conde de Nerwinde tenía un miedo atroz de que no le consideraran como un verdadero conde.

Lo malo de un carácter tan firme en apariencia era en primer lugar ser débil hasta la pusilanimidad; la broma más sencilla y menos frecuente, aunque estuviera condenada a morir al nacer por falta de ingenio, le ponía de mal humor para ocho días. En segundo lugar, monsieur de Nerwinde olvidaba completamente a su glorioso padre, conocido en Francia y en toda Europa, el general Boucaud, conde de Nerwinde, y pensaba siempre en su abuelo Boucaud modesto sombrerero de Périgueux.

¿No es razonable este exceso de orgullo, de susceptibilidad y de debilidad? La menor broma sobre el comercio, más aún: las palabras de un hombre que decía delante de él: «Acabo de comprarme un sombrero», o: «Los sombreros de Castaen son mejores que los de Carton», le hacía mirar fijamente a los ojos al hombre que se tomaba la libertad de decir una cosa tan extraña, y le ponía fuera de sí para todo el día, mortificado por este problema: «¿Debo dejar pasar esta frase molesta, o debo enfadarme?».


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