Lamiel

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Desde los dieciséis años, a Nerwinde le atormentaban estas palabras: un modesto sombrerero establecido en un barrio de Périgueux. De aquí su fisonomía inmóvil: no había más remedio que disimular una susceptibilidad tan baja; ¿cómo iban a tomar como un verdadero conde al nieto del sombrerero Boucaud?

La amante que le hubiera convenido, que hubiera constituido la tranquilidad y luego la felicidad de su vida, hubiera sido una mujer de alto linaje que le repitiera diez veces al día:

—Sí, mí noble Oscar, eres un verdadero conde, tienes todas las características de un hombre de alta estirpe, hasta las pequeñas faltas de pronunciación. Hablas como se hablaba en Versalles. Tienes hasta las pequeñas ridiculeces de los contemporáneos de monsieur de Talleyrand.

El conde de Nerwinde hubiera debido ser ayudante de campo del príncipe cuyos derechos no están bien reconocidos como ciertos. La etiqueta era su fuerte, su elemento, y era uno de los cómplices de una sociedad en la que pretendía ennoblecerse con la orgía, con el escándalo, con las palabras singulares, con la costumbre de bromear sobre todo, incluso sobre las cosas que pasan por respetables. ¡Qué existencia para el nieto de un sombrerero!


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