Lamiel
Lamiel El joven descendiente de la larga raza de notarios que aparece en el relato anterior observó en la visita que el gran vicario Du Saillard, en el que los glotones que iban a comer a casa de la duquesa de Miossens, admiraban una profundidad digna de Tácito, estaba muy celoso de Sansfin. Claro es que debe entenderse esta palabra en el sentido más honesto y tal como corresponde a la persona más virtuosa…
Madame de Miossens, a pesar de sus treinta años pasados, tenía demasiado orgullo para no ser de una virtud irreprochable. Mas, con excepción de las genealogías dispersas por las familias de Francia y España, de las que poseía un conocimiento tan profundo como minucioso y capaz de avergonzar a los supuestos sabios más serios de la Academia de Inscripciones, no sabía nada de nada. Se aburría mucho, los libros eran para ella ininteligibles o revolución. El cielo le había dado una mente seca y estéril. Gastaba cuarenta mil francos al año en comidas, pero aparte de la preocupación de procurarse los frutos más tempranos y de servir vinos finos, no tenía invención para nada.
La enfermedad de su favorita Lamiel había durado apenas un mes, y por interés de esta campesinita… [no termina la frase].
Debe saberse que así empezó la relación de la duquesa de Miossens con el médico más célebre de la Baja Normandía.
