Lamiel

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Lamiel cayó enferma. Madame de Miossens estaba en malos términos con los médicos famosos de Ruan, y la primera vez que le llamaron, un médico de París se apresuró a acudir, creyendo que la que estaba enferma era la duquesa. Cuando vio que no se trataba más que de una especie de criada, se mostró muy frío. Como la enfermedad de la muchacha no cedía con las prescripciones del arte de curar, no hubo más remedio que llamar al doctor Sansfin, a pesar de su horrible fama de jacobinismo. Sansfin no sabía lo que quería. Quería hablar mucho y bien. Estaba indignado contra la naturaleza que le había dado una enorme joroba y se imaginaba, con razón o sin ella, que a fuerza de hablar bien, haría olvidar su joroba. Sólo estaba contento de una visita cuando había llevado en ella la voz cantante, y como su oficio le obligaba a hacer continuamente visitas, a hacerse escuchar y admirar tanto por el pequeño tendero como por el noble propietario, había llegado a ser un hábito en este jorobado que, por otra parte, tenía una hermosa cabeza, una barba rubia, una cara agradable y un color muy bonito. Esta cara, que sería bella si se viera sola, unida a una buena salud y a una gran propensión a gastar con facilidad un dinero ganado de la misma manera, hacían que el doctor tuviera éxito con las mujeres.



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