Lamiel

Lamiel

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Sansfin tenía lo que conduce a grandes triunfos. Fracasar no le causaba ninguna vergüenza y era tal su amor propio que no conservaba ningún recuerdo de los fracasos. Por otra parte, muy diferente del gran vicario, hombre sin profundidad, sin plan de conducta, la menor herida de amor propio le empujaba, el menor goce de amor propio le unía en apariencia a un partido y la costumbre de su oficio que, en los primeros años, le fue estrictamente necesario para vivir, le dio el hábito de moverse y de actuar constantemente. En cuanto dejaba de actuar, en cuanto dejaba de moverse, en cuanto no llevaba la voz cantante en un salón bien concurrido, se figuraba que pensaban en su joroba y él mismo pensaba en ella.

Al mes escaso de la enfermedad de Lamiel, madame de Miossens se había acostumbrado ya a la cara del doctor Sansfin, a su necesidad de hablar siempre, a las figuras bruscas y a las elipsis audaces de su estilo. El jorobado la divertía; la duquesa llegó hasta el punto de pasarle sus insolencias, pues llamaba así a ciertas verdades sencillas y que pasan por evidentes en cualquier sitio que no sea el castillo de una duquesa.




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