Lamiel
Lamiel Por dos o tres veces, Sansfin, cuyo amor propio era a la vez implacable y muy quisquilloso, pasó cuarenta y ocho horas sin ir al castillo porque la duquesa de Miossens le hizo una escena a propósito de un lugar común que el doctor dijo sin mala intención, Pero madame de Miossens se había enfadado tiempo hacía con los médicos de Ruan. Cada vez que Sansfin, molesto, decía que estaba ocupado, la duquesa tenía que mandar a buscar a su médico de París. Este médico sabio tenía mucho amor propio y le habría parecido deshonroso tratar de ser entretenido, así que adoptaba un tono de oráculo, el tono de un hombre que habla de una cosa de un interés tan grave como la vida de un ser humano. Este tono, que el médico de París no había adoptado hasta que sus ingresos llegaron a cien mil francos anuales, le pareció insoportable a la duquesa.
Después de aquellos días de malhumor, la duquesa llegó a la conclusión, discutiendo con mademoiselle Lambert, su doncella favorita, y dedicando a Sansfin los epítetos más humillantes, de que había que estar a bien con el jorobadito jacobino.
La imprudencia sin límites y la infinita vanidad de Sansfin al enterarse por una segunda doncella de que hacía el [palabra ilegible], mademoiselle Lambert, y supo por la lengua bien ligera de mademoiselle Janvial, la segunda doncella, todo lo que la señora había dicho sobre ella.