Lamiel
Lamiel Sansfin, que, desgraciado en su primera juventud por los ultrajes del mundo, no se distinguía por la delicadeza, hizo tomar a Lamiel unas drogas destinadas a dar a su ligera enfermedad una apariencia más grave y después dijo a mademoiselle Lambert que unos enfermos a los que debía en conciencia dedicar gran atención le obligarían a pasar dos o tres días sin subir al castillo. Decía subir porque el castillo estaba situado en un montículo frente al mar a un cuarto de legua de Carville y a legua y media del mar que, situado a la derecha del Mont Saint-Michel, parece dispuesto por las primeras revoluciones del globo para producir una de las más hermosas vistas de Francia.
Esta visita dio lugar a una de las primeras escaramuzas entre el carácter de Sansfin, que consistía en brillar en la conversación, y los prejuicios que pasaban por carácter en madame de Miossens. El doctor (Sansfin fue destinado por la providencia a estropear sus ideas por la pedantería del tono) llegó a decir:
—El hundimiento de las cordilleras hizo afluir el mar sobre Europa y sobre nuestra Normandía, y en una de estas afortunadas revoluciones del mundo nos dotó de esta admirable vista del Mont Saint-Michel.
—Falta saber, doctor, si un hombre que se respeta puede permitirse decir, ni aun hablando de paisajes, esas palabras que chocan al encontrarse juntas; una afortunada revolución.