Lamiel
Lamiel —PermÃtame, señora duquesa, que me complazca en juntar la palabra afortunada con la palabra revolución. Las cosas que ocurrieron en Francia durante la Revolución dieron a una provincia grande y rica la buena costumbre de llamarme un gran médico. No soy yo quien tiene necesidad de los ricos, y cuando una bella duquesa quiere verme, tiene que mandar a buscarme.
Al pronunciar estas palabras con mucha gracia, Sansfin hizo una profunda reverenda y, pasado un momento, se oyó bajo el castillo de Carville el galope de sus dos famosos caballos.