Lamiel

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Aquella noche, monsieur Le Cloud hablaba como una novela de madame Radcliffe; hacía una horrible descripción del infierno. Sus frases amenazadoras resonaban a lo largo de las naves góticas y oscuras, pues se había tenido buen cuidado de no encender las lámparas. Bien había dicho monsieur Hautemare, el mayordomo, que sus subordinados no podrían abrirse un camino entre aquella multitud apretada, en la que todo el mundo se empeñaba en conservar su sitio.

Nadie respiraba, Monsieur Le Cloud vociferaba que el demonio está presente en todas partes, y hasta en los lugares más santos; procura llevarse con él a los fieles a su azufre ardiendo.

De pronto, monsieur Le Cloud se interrumpe y exclama con espanto y una voz angustiada:

—¡El infierno, hermanos míos!

Imposible pintar el efecto de aquella voz lenta y retumbante en una iglesia casi completamente oscura y llena de fieles haciendo la señal de la cruz. Hasta yo estaba impresionado. El abate Le Cloud miraba al altar y parecía impacientarse; repitió con voz chillona:

—¡El infierno, hermanos míos!

Veinte petardos estallaron detrás del altar; una luz roja e infernal iluminó todos aquellos rostros pálidos y es seguro que, en aquel momento, nadie se aburría. Más de cuarenta mujeres cayeron, sin decir palabra, sobre sus vecinos, profundamente desmayadas.


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