Lamiel

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—¡Ella la más sencilla de las mujeres, la más natural, la más cortés, doctor! —exclamó el caballero de Sainte-Foi—. Diga más bien lo contrario, la más altanera, la más política, que se pasa quince días seguidos preparando una circunstancia de sociedad, una comida, una visita que le permita colocar una buena grosería.

—Todo eso es muy exacto, pero todo eso, señor caballero, demuestra lo que digo. Usted no ha querido, y quizá con razón, admitir que usted es de otra raza, de otra especie distinta de la de la señora duquesa. Usted no ha querido ser hijo de un agricultor y médico de [palabra ilegible]. Permita que le cuente, en mi calidad de médico, la historia de una herida grave que quizá conoce. El famoso La Peyronnie, el [palabra ilegible] de mi maestro Félie, en su calidad de cirujano del rey, por la herida del desdichado de quien se trata [palabra ilegible], de los guardias de corps de Luis XV, que en una cacería de Rambouillet donde escoltaba al rey, se cayó del caballo con tan mala suerte que la carroza del rey, lanzada al galope de los caballos, le pasó sobre las piernas y se las destrozó.

»De D…, escudero del rey Luis XVI, contaba al volver de una cacería en Compiègne que un guardia de corps de [palabra ilegible] se cayó bajo las ruedas de la carroza del rey y quedó con las piernas destrozadas.


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