Lamiel
Lamiel »—Afortunadamente —decÃa— yo llevaba un frasquito de aguardiente.
»—¿Se lo dio al pobre herido?
»—Nada de eso —repuso asombrado—, me apresuré a tomarlo, y gracias a eso me repuse del triste espectáculo».
Madame de Miossens no concebÃa que un duque pudiera obrar de otro modo. Ofrecer el frasco de aguardiente a un guardia de corps que a lo mejor era un plebeyo le hubiera parecido una especie de crimen de estado, un atentado a la monarquÃa.
La anécdota de Sansfin era cierta y tenÃa razón en todo; no tuvo ningún éxito con el caballero de Sainte-Foi, de la vizcondesa de… y de… y de la marquesa de… Esta dijo muy bajo a la condesa de…, su vecina:
—Pero no me habÃa dicho usted que ese hombrecillo contrahecho, que ese mediquillo era jacobino.
Sansfin sabÃa que hablaba bien y hasta se exageraba el mérito de hablar bien, como tenÃa por costumbre exagerar todos los méritos que tenÃan el honor de pertenecerle. A poco que le animaran las miradas favorables de los que le escuchaban, era propenso a exaltarse hablando, olvidaba a la vez por qué hablaba, quiénes le escuchaban, sin atender más que a lo que contaba y al deseo de que lo que contaba produjera todo el efecto posible.