Lamiel

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Además, su intrepidez en la orgía tenía dos caracteres diferentes. ¿Que la compañía tenía poco dinero? Pues había que hacer con ese poco dinero todo lo humanamente posible, todo lo que sería divertido contar a los ocho días, y se verá que los pequeños hurtos cometidos a diestro y siniestro contra los infelices que, por su mala estrella, caían cerca de la orgía, no perjudicaban al relato, al contrario: lo embellecían. ¿Que la compañía disponía de mucho dinero? Pues entonces había que hacer cosas verdaderamente memorables y dignas, en las edades futuras, de figurar en la historia de algún nuevo Mandrino.

Como se ve, solazarse era cosa ajena al carácter de Lamiel; era demasiado apasionada para ello; pasar dulce y agradablemente el tiempo era cosa casi imposible para ese carácter, no podía entretenerse, en el sentido vulgar de la palabra, más que cuando estaba enferma[6].

Por una consecuencia natural, extraña, de la admiración que había sentido por Mandrino, le parecía mezquino y ridículo divertir a la gente con el ingenio. Podría brillar, por este medio tanto como otros muchos, pero esta clase de éxito le parecía propia únicamente de personas débiles; para ella, un alma de algún valor debía obrar y no hablar.


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