Lamiel

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En medio de la agitación en la que el doctor mantenía su espíritu, decía abiertamente a todo el mundo que, desde que vivía en una choza, conocía la felicidad. «Sería completamente feliz —añadía— si estuviera tranquila en cuanto a la salud de Lamiel». En estas circunstancias, Sansfin declaró que el boticario de Avranches no sabría nunca preparar ciertas píldoras heroicas necesarias para dar alguna fuerza a la joven enferma. Y pasó unos días en Rúan. Desde hacía unos meses sostenía una correspondencia bastante frecuente con monsieur Gigard, gran vicario de confianza del señor cardenal arzobispo. Al llegar a Rúan juzgó necesario lograr la conquista completa del gran vicario del arzobispo y le llevó a proponerle que le hiciera a él una confesión general; finalmente llegó al verdadero objeto de su viaje: fue presentado al señor cardenal y se condujo con tanta habilidad, mostró tanto talento y moderación, dedicó unos elogios tan pérfidos al señor cura Du Saillard, quien no había estado en Rúan desde hacía dieciocho meses, que, cuando salló de esta capital, el cardenal hubiera escuchado más bien una denuncia suya contra Du Saillard que una denuncia del cura contra el doctor. Llegado a este punto, este médico rural vio la posibilidad de casarse con una viuda de la más alta nobleza que, legalmente, tenía más de ochenta mil libras de renta y que, de hecho, teniendo un solo hijo, de diecisiete años, alumno de la Escuela Politécnica, podía gastar cerca de doscientos mil francos al año.


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