Lamiel
Lamiel «¡Pues bien, sea! —se dijo, sentándose en las raÃces de un haya que emergÃan del suelo—. Heme aquà esposo de una duquesa; manipulo a placer una fortuna de más de doscientos mil francos de renta; de todos modos, no he cambiado mi posición: no he hecho más que dorarla, sigo siendo una persona subalterna, haciendo la corte a gentes más poderosas que yo, y teniendo siempre que luchar con el desprecio y, lo que es peor, con un desprecio que yo sé que merezco. Veamos el segundo proyecto: trasplantado a América, me llamo, si quiero, monsieur de Surgeaire y tengo doscientos mil francos en la cartera: ¿qué es todo esto? Una agravación de mi posición; el fardo de mi canallada añadido al fardo de mi joroba. Esta joroba me hace reconocible en todas partes y, dada la infame libertad de prensa que reina en América, ¿qué puedo hacer si un buen dÃa leo toda mà historia en los periódicos? No, estoy harto de imposturas; necesito lo legÃtimo y lo real; el dinero no me sirve más que como lujo; cierto que una bella carroza impedirÃa que se viera mi defecto natural, pero yo, pata vivir, no necesito más que diez mil francos».
A las cuatro horas de una agitación febril, el doctor salió del bosque de Imberville y volvió a Carville bien decidido a hacer de la duquesa sólo una amiga Ãntima y en modo alguno su mujer. Esta canallada de menos en su plan le puso muy contento. Ocho dÃas después se decÃa: