Lamiel

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«Cuánto me engañaba asumiendo una nueva impostura que sostener. Sería mucho más feliz desarrollando mis cualidades naturales. Si la naturaleza me ha dado una triste envoltura, en compensación sé manejar la palabra y conquistar la opinión de los tontos, y hasta —añadió con una sonrisa de satisfacción— la opinión de personas inteligentes, pues al fin y al cabo esa duquesa no está mal en este aspecto: tiene un tacto admirable para el ridículo y las afectaciones, sólo que no razona, como todas las personas de su clase. Como el razonamiento no admite el ingenio, le parece horriblemente triste, y cuando por casualidad quiere razonar y llegar a una conclusión que me desagrada, puedo siempre destruir cualquier razonamiento con una frase ingeniosa. Por mi parte, sé trabajar para llegar a diputado; tendré que estudiar un poco de economía política y leer los títulos de unos centenares de órdenes administrativas. ¿Y qué es esto al lado del estudio de dos o tres enfermedades? En mis primeros ensayos en la tribuna, mí joroba impedirá que me envidien. ¿Para qué irme a América? Mi país me ofrece la posición que me conviene; es preciso que madame de Miossens tenga un salón considerado en París y que este salón me avale a mí ante la buena sociedad. Por el señor cardenal arzobispo puedo conseguir que la congregación me acoja bien. Mediante estas dos buenas aldabas, se me abrirá la puerta; el entrar es cosa mía, y tengo buenas piernas. Entretanto, debo divertirme; mientras pongo en práctica este gran plan he de conseguir las primicias de esa muchacha».


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