Narraciones y esbozos

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La acogida de Delangle fue menos amistosa. Féder refirió que, efectivamente, lo había atacado un loco que aseguraba que se había burlado de él y que no quedó más remedio que batirse a espada en un breve combate; el loco recibió una herida en el pecho que le calmó los ánimos y, tras esa herida, le pusieron sanguijuelas. La risa que causó ese detalle puso término a la molesta atención que todos aquellos hombres adinerados, incitados por los buenos vinos, prestaban a las acciones del joven. No tardó en poder ir a buscar a la señora Boissaux; pero su marido le había dado permiso para que se volviera a París y se había marchado hacía mucho.

A la mañana siguiente, se presentó Féder, con la mayor sangre fría, para pedir noticias de la indisposición de la señora Boissaux; la encontró en el salón, al cuidado de su doncella y de dos costureras; todo el mundo estaba haciendo cortinas. La señora Boissaux se levantaba a cada momento para medir y cortar el calicó; las miradas fueron tan frías como los hechos; el comportamiento de aquellos dos seres que, la víspera, uno en brazos de otro, se confesaban llorando que se amaban habría causado gran asombro a un observador superficial. Valentine se había jurado no volver a quedarse nunca a solas con Féder. Por otra parte, lo que este le había dicho la víspera; a saber, que no podía amar con cierta entrega más que si tenía la seguridad de que lo amaban, resultó bastante exacto.


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