Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos «El silencio es señal de amor», se dijo Féder; en consecuencia, tomó la palabra no bien entró en el comedor en donde estaba la señora Boissaux y no volvió a soltarla; charlaba sobre temas que estaban a mil leguas del amor y de los sentimientos tiernos. Al principio, aquel flujo de palabras hizo dichosa a Valentine; su imaginación ardiente había supuesto con espanto que Féder quería reanudar la conversación más o menos en el punto en que se había quedado tras la escena del invernadero. Y por eso se había rodeado de costureras. Bastaron unos momentos para tranquilizarla: no tardó en tranquilizarse demasiado; lanzó un hondo suspiro al ver que Féder dedicaba por competo el pensamiento a imágenes tan diferentes de las que habrían debido colmarlo. Lo que más la escandalizó fue lo alegre que estaba; lo miró con un asombro candoroso y tierno que resultaba divino. Féder habría dado la vida por poder tranquilizarla arrojándose en sus brazos. La tentación fue tan fuerte que echó mano de este recurso trivial: miró el reloj con presteza y se esfumó so pretexto de una cita de negocios para la que ya se le había hecho tarde. Cierto es que tuvo que pararse en la escalera de tan fuerte como era su emoción. «Un día voy a delatarme, seguro», se decía, agarrándose con todas sus fuerzas a la barandilla, sin la cual se habría caído. Aquella mirada asombrada, y tan desdichada podríamos decir, por no hallar amor donde pensaba que iba a encontrar demasiado hizo más quizá en pro de la dicha de nuestro héroe que las caricias tan apasionadas de la víspera.