Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Así fue como, actuando de forma caprichosa y despreciando lo suficiente a los hombres y la vida para no pensar en esas cosas sino en broma, tras un año de estancia en Roma, Roizand se las había apañado para hacerse allí una vida mucho más aburrida que en los primeros meses. No era exactamente que sus colegas lo odiaran, pero no había ni uno de ellos que no hubiese dado diez luises por verlo enfrentado a alguna cosilla muy humillante. Roizand tenía menos amigos que en los primeros meses y, como se empecinaba en no hablar más de dos minutos con los jóvenes que sentían, como él, una curiosidad novelesca por el porvenir, en no querer mezclarse con los grupos de mujeres que le parecían hermosas y en no bailarles el agua a los imbéciles de la extrema derecha escuchando con paciencia sus lamentaciones, se trataba como es lógico con esas personas corrientes que están encantadas de dar con alguien que, cuando habla con ellas, les permite hacer buen papel en medio de un salón.
La señora de Vaussay preguntó a Roizand por las antigüedades de Roma que él, por hacer algo, estudiaba a fondo.