Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos El primer día, no obstante, mientras ella le hablaba extensamente y con ingenio de un alemán llamado Niebuhr que se andaba metiendo por entonces con el antiguo historiador Tito Livio (era el tema de moda en Roma en 1832), se decía Roizand mirando los ojos de la duquesa: «No es posible que a un alma tan capaz de emocionarse le interese de verdad esta conversación. O la señora de Vaussay se está riendo de mí o tiene alguna intención».
Aunque se esforzó mucho por descubrirlo, Roizand no pudo adivinar nada. Y, a falta de algo mejor, admiró los ojos de la duquesa.
«Es demasiado guapa —se decía— para tener treinta y cinco años y ser la madre de esas jovencitas tan mayores y tan desmañadas que andan por aquí. Tal y como es, tiene cien veces más posibilidades que sus hijas de inspirar un sentimiento amoroso… ¡Claro! Por eso el cardenal della Gherardesca no se separa de ella ni a sol ni a sombra», añadió, riéndose de sí mismo.
La duquesa le dirigió la palabra varias veladas seguidas. Y él, poco a poco llegó a pensar: «¿Esa pareja admirable se habrá propuesto burlarse de mí o será quizá que la condesa quiere poner algo celoso al cardenal?».