Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos «Está claro —se dijo Roizand según se quedaba dormido, a eso de la una de la madrugada—; mi destino es desempeñar ese noble papel: dar celos… Pues vive Dios que no los daré. Esa cara anuncia todas las pasiones, y las más vivas, las más impetuosas. Si esa mujer no hubiera nacido en una época en que intereses de dinero obligan a su clase a interpretar la comedia de las buenas costumbres, es posible que hubiera alcanzado esa fama que proporcionan las grandes locuras hechas por amor… Hay que admitir que todo esto es un tanto diferente de lo que solemos hallar en las mujeres de ParÃs. Y aún más diferente del carácter que yo suponÃa que no podrÃa por menos de tener una embajadora. ¡Y no hace ni dos meses que aún me creÃa cosas asÃ! En adelante, me resultará muy grato observar… Pero, señor cardenal Gherardesca, de mà no va a estar celoso, eso se lo puedo jurar».
Al dÃa siguiente, Roizand esperó impaciente la velada. Desde que habÃa llegado de ParÃs no habÃa notado esa sensación.