Narraciones y esbozos

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En el segundo acto de la obra, en la que el público se aburría como se aburre uno en la Ópera, es decir, más allá de toda paciencia humana, sobre todo quienes tengan algún ingenio y una imaginación algo refinada, Féder y Valentine empezaron a charlar y no tardó su conversación en adquirir toda la volubilidad y toda la espontaneidad de antiguos conocidos. Se quitaban la palabra y se desautorizaban sin que pudiera disimularlo sino muy poco la forma de la plática. Afortunadamente, el marido y Delangle no eran personas que pudieran intuir que si ambos interlocutores se trataban con tanta confianza era porque tenían seguridad el uno en el otro. No cabe duda de que, si Valentine hubiera tenido algo de mundo, no habría consentido en que un conocido de hacía tres días se dirigiera a ella en un tono de intimidad así; pero no tenía más experiencia de la vida que las visitas a los padres de su marido y la que había podido adquirir al hacer los honores de una docena de cenas de gala y de dos bailes importantes que había dado el señor Boissaux en el tiempo que llevaban casados.

En la segunda sesión la conversación fue muy animada y de una espontaneidad total. Delangle y Boissaux entraban y salían continuamente del dormitorio de Valentine, que había sido la habitación escogida para hacer las veces de estudio porque era el único de los aposentos cuya ventana estaba orientada al norte y cuya luz, por consiguiente, no cambiaba.


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