Narraciones y esbozos

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—En provincias no nos maliciamos las buenas proporciones que le han salido a este oficio nuestro —le decía Boissaux a su mujer— y está claro que puedo llegar a ser mucho más que simple vicepresidente del tribunal de comercio. Si no me hubiera parecido oportuno para la vida en Burdeos sacrificar mil luises para enseñarle París a mi joven esposa, nunca habría sospechado cómo andan en realidad las cosas. En Burdeos sería partidario de la libertad de prensa y de la reforma electoral; en París, seguiré diciendo alguna de esas cosas; pero, en todas las circunstancias importantes estaré siempre a las órdenes del ministro mejor situado; así es como llega uno a ser recaudador del Tesoro, senador e incluso diputado. Si fuera diputado, ese abogadito mío sin pleitos me escribiría los mejores discursos del mundo. Es usted muy guapa y la inocencia de su forma de ser, que reflejan sus rasgos, le da cierto encanto ingenuo que no están acostumbrados a ver en París, sobre todo en casa de las señoras banqueras, esa palabra insolente nos la ha enseñado nuestro Féder. Por fin está usted a punto de conseguir los mayores éxitos; solo le falta quererlo. Bueno, pues se lo pido de rodillas, tenga la bondad de quererlo; soy yo, su marido, quien le pide que sea algo coqueta. Por ejemplo, he invitado a cenar el viernes que viene a dos recaudadores del Tesoro que es probable que cenen mejor en sus casas de lo que cenarán en esta de usted; pero conteste a lo que le digan de forma que la conversación dure; si empiezan a contarle cosas, haga como que los escucha con interés y, si se acuerda, hábleles del admirable jardín inglés que he plantado a diez leguas de Burdeos, en las deliciosas orillas del Dordoña y en un campo que compré nada más que porque había en él unos veinte árboles altos. Podría añadir, si le parece que viene a cuento en la frase, que ese jardín es copia exacta del que plantó tiempo ha Pope en Twickenham. Y entonces, si quisiera hacerme el favor completo, les diría que, arrebatada por la hermosura de ese lugar idílico, me animó a que construyera una casa; pero que su mayor empeño es que esa casa no parezca un palacio; porque aborrece todo cuanto parezca pensado para impresionar. Es importante para mí conocer íntimamente a esos dos recaudadores. Esos caballeros son el nexo natural que pone en contacto las grandes fortunas con el ministro de Hacienda; y desde ese ministro se llega a los demás. También es importante, y esa idea se la debo a Féder, es importante, como estaba diciendo, que finja usted que tiene sobre mi voluntad y mis decisiones trascendentales un imperio del que gozará en cuanto se digne querer ejercerlo. En apariencia, estoy entregado por completo a mis nuevos amigos; son todos ellos personas que disfrutan de la mayor opulencia y no es con palabras con lo que los cortejo. Ya se dará cuenta de que, en esta tierra del parloteo, están agobiados y cansados de ese tipo de éxitos; yo intento agradarlos dándoles una parte real en especulaciones excelentes; pero guardo bien el bulto. En el caso harto probable de que esos caballeros quisieran sacarme un mordisco demasiado grande, alegaría la voluntad o el capricho de esa mujer encantadora cuya inteligencia han visto brillar tantas veces en nuestras cenas de los viernes; y así podré defender mi dinero sin que puedan tener dudas razonables de mi entrega a sus intereses.


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