Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Vemos, por esta charla, que Féder había hecho algo más que acostumbrarse el oído para soportar la voz insufrible del vicepresidente; buscaba su conversación tanto que conseguía amansar su feroz vanidad y hacerle entender unas cuantas ideas necesarias para que le fuera bien a su fortuna. Féder no era rico, pero al menos mostraba un respeto infinito por los seres venturosos que poseían una fortuna. Boissaux estaba, pues, seguro de que lo veneraba, pues le había dado el mismo trato que a sus nuevos amigos, escogidos entre las personas adineradas, los recaudadores del Tesoro, etc. Le había enseñado, con aparente descuido (podemos suponer con qué éxito fingía el torpe y codicioso señor Boissaux el descuido aparente), le había enseñado, decíamos, varios documentos de los que se desprendía de forma fehaciente que había heredado de su padre edificios libres de hipoteca, edificios que valían por lo bajo tres millones; y que la dote de su mujer, que se elevaba a novecientos cincuenta mil francos, estaba invertida en varias empresas industriales de Burdeos; por lo demás, a la señora Boissaux le quedaban aún dos tíos bastante ricos y sin hijos.