Narraciones y esbozos
Narraciones y esbozos Féder había charlado de buen grado de esos detalles domésticos, poco placenteros para cualquiera que no esté enamorado y, merced a esa amabilidad y a muchas otras, su forma de comportarse con Valentine no había despertado la suspicacia del señor Boissaux; pero Féder no había tenido el mismo éxito con su amigo Delangle. Aquel provinciano tenía desde luego sus cosas ridículas. Por ejemplo, ponía mucho empeño en llevar adelante los negocios con la rapidez y la vista de águila de un hombre de talento; gustaba de hacerles notar a sus amigos que no tenía empleados y solía usar naipes para echar las cuentas. Pero, pese a ese comportamiento afectado y a muchos otros, Delangle acertaba bastante a ver las cosas como eran. Seis años de estancia casi continua en París le habían abierto los ojos. Por ejemplo, la expresión de aburrimiento que se le ponía a Valentine en las reuniones que organizaba su marido desaparecía en el mismo momento en que entraba Féder en el salón; una mirada íntima y de gozo contenido lo buscaba en todo momento y por todos los sitios por los que él iba pasando; y aquella mirada parecía consultar al joven pintor sobre todas las opiniones que había que tener. Delangle veía casi todas estas cosas; y la consecuencia lógica era que Féder notaba en su amigo cierta frialdad.