Recuerdos de egotismo
Recuerdos de egotismo Los hizo en vísperas de su partida al exilio.[275] La desdicha personal había dado alguna vida a ese alma de corcho. Le había conocido bien rastrero y adulador, hacia 1811, en casa del conde Daru, a quien él acogió en el seno de la Academia Francesa. Mucho más gallardo, el Sr. de Jouy vendía los restos de su belleza masculina a la Sra. Davillier, la más vieja y aburrida de las coquetas de la época. Era o es aún mucho más ridícula que la Sra. condesa Baraguey-d’Hilliers, quien a la tierna edad de 57 años andaba todavía reclutando amantes entre los ocurrentes agudos. Ignoro si fue a título de tal como me vi obligado a huir de ella en casa de la Sra. Dubignon. Agarró a ese zoquete de Masson (magistrado de apelaciones), y comoquiera que una mujer amiga mía le dijera «¡Cómo!, ¡uno tan feo!» respondió «Lo he escogido por su inteligencia». Lo bueno es que ese triste secretario del Sr. Beugnot tenía tanto ingenio como belleza. No pueden negársele el talento a la hora de saber comportarse, el arte de ascender con paciencia tragando sapos y culebras, ni tampoco por otra parte sus conocimientos, no exactamente en materia de finanzas, sino en el arte de sentar en los libros las operaciones financieras del Estado. Son dos cosas que los simples confunden. La Sra. d’Hilliers, a quien miraba yo los brazos aún soberbios, me dijo: «Yo le enseñaré a hacer fortuna con sus talentos. Usted solo se descalabraría».