Recuerdos de egotismo
Recuerdos de egotismo Íbamos a tener a Alexandrine, seis meses después mantenida de los ingleses más ricos y a la sazón una principiante, desde hacía dos meses. A eso de las ocho de la tarde nos encontramos con un salón encantador, aun en un 4.º piso, champán en hielo picado, punch caliente… apareció por fin Alexandrine conducida por una doncella encargada de vigilarla. ¿Encargada por quién? Lo he olvidado. Pero tenía que ser la mujer toda una autoridad, pues vi en la cuenta que se le habían dado 20 francos. Apareció Alexandrine y sobrepasó toda expectativa. Era una muchacha esbelta, entre los 17 y los 18, ya formada, con unos ojos negros que volví a encontrar en la galería de Florencia, en el retrato que hiciera Tiziano a la duquesa de Urbino. Salvando el color del pelo, era un retrato suyo el que había hecho Tiziano. Era dulce, nada tímida, bastante alegre, decente. Ante tal visión quedaron como extraviados los ojos de mis compañeros. Lussinge le ofrece una copa de champán, que rechaza, y desaparece con ella. La Sra. Petit nos presenta a otras dos chicas que no están mal; le decimos que ella es más guapa. Tenía un pie admirable. Poitevin se la llevó. Tras un rato espantoso, vuelve Lussinge completamente pálido.
—Te toca, Belle[61] ¡Honor al que está alcanzando la meta!, exclamó.