Rojo y blanco
Rojo y blanco Era una primera lista de recompensas por las elecciones. Al entregársela, el ministro sonreía con un aire de bondad que parecía decir: «Nada has hecho que lo merezca, pero ya ves cómo te trato». Leuwen leyó la lista; figuraban en ella tres gratificaciones de diez mil francos, y al lado de cada uno de los nombres de los gratificados, la palabra éxito; la cuarta línea decía: «Señor Leuwen, consejero del ministro, no obtuvo éxito, pero demostró un celo extraordinario en la elección del señor Mairobert. Cualidades inestimables, ocho mil francos».
—Qué le parece, ¿he cumplido la palabra que le di en la Ópera?
Leuwen observó que en la lista figuraban varios agentes que no habían tenido éxito en su misión, con la recompensa de dos mil quinientos francos. Expresó todo su agradecimiento; luego, añadió:
—Tengo que hacerle una súplica a Su Excelencia, y es que mi nombre no figure en esta lista.
—Comprendo —replicó el ministro, que súbitamente adoptó un aire severo—. Usted quería una condecoración; pero la verdad sea dicha, después de la serie de locuras que cometió, me era imposible solicitarla. Es usted más joven de carácter que de edad. Pregunte a Desbacs la estupefacción que producían sus cables al ser recibidos, lo mismo que sus cartas.