Rojo y blanco
Rojo y blanco —Precisamente porque me hago cargo de todo esto, suplico a Su Excelencia que no piense en absoluto que se me conceda una condecoración, y mucho menos una gratificación.
—Vaya con cuidado, caballero —dijo el ministro ya completamente encolerizado—, soy hombre muy capaz de tomarle la palabra. Vamos, coja usted una pluma y ponga al lado de su nombre lo que desee.
Leuwen lo hizo, y a continuación de su nombre escribió: ni condecoración, ni gratificación, elección fallida; después trazó una raya sobre todo ello. Debajo de la lÃnea escribió: Señor Caffe, dos mil quinientos francos.
—Vaya con cuidado —repitió el ministro al leer lo que Leuwen habÃa escrito—. Voy a llevar esta lista a palacio. Será inútil que más tarde su padre me hable de este asunto.
—Las altas ocupaciones de Su Excelencia le impiden recordar nuestra conversación en la Ópera. Le manifesté de la forma más precisa el deseo de que mi padre no se ocupara en absoluto de mi carrera polÃtica.
—¡Bien!, explique usted a mi amigo el señor Leuwen todo cuanto ha sucedido en este asunto de la gratificación. Se le habÃa concedido una de ocho mil francos y usted ha borrado esa cantidad. Adiós, caballero.