Rojo y blanco

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»Al salir de la Universidad, a los veintidós años, tenía el título de doctor, pero no poseía ni quinientos francos de capital. Hoy soy rico, pero lo he conseguido luchando contra rivales repletos de méritos y de actividad. He ganado esta fortuna, señores, no dándome el trabajo de nacer, como mis alegres adversarios, sino a costa de muchas visitas, pagadas primero a treinta sueldos, después a tres francos y más tarde a diez, y confieso avergonzado, que no he tenido tiempo para aprender a bailar. Ahora, que los señores oradores, perfectos bailarines, ataquen la falta de gracia de este pobre médico rural. ¡En verdad, será para ellos una hermosa victoria! Mientras tomaban lecciones de bien decir y del arte de hablar sin decir nada en el Ateneo o en la Academia Francesa, yo estaba visitando las chozas de las montañas cubiertas de nieve, y aprendía a conocer las necesidades y los deseos del pueblo. Estoy aquí como representante de cien mil franceses no electores, con los cuales he conversado durante toda vida, pero esos franceses tienen un gran defecto, poco sensibles a los modales refinados».


—Un día, Luciano quedó sorprendido al ver entrar en su despacho al señor Du Poirier, cuyo nombre había podido ver que figuraba entre los diputados elegidos. Luciano le abrazó, y las lágrimas asomaron a sus ojos.


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