Rojo y blanco
Rojo y blanco Du Poirier estaba desconcertado. Había dudado durante tres días sobre si debía o no ir al despacho de Luciano, tenía miedo y el corazón le latía violentamente cuando se hizo anunciar. Temblaba al pensar que el joven oficial supiera la mala jugada que le había gastado para alejarle de Nancy.
«Si lo sabe, me mata», pensó.
Du Poirier poseía inteligencia, buenos modales y estaba dotado de un verdadero talento para la intriga, pero tenía la desgracia de carecer, lamentablemente, de valor. Sus profundos conocimientos médicos, habían sido puestos al servicio de una cobardía rara en Francia, y su imaginación le hacía pensar en las trágicas consecuencias quirúrgicas de un puñetazo o de una patada en el trasero bien asestados. Y era precisamente el tratamiento lo que temía de Leuwen. Por ello, hasta pasados diez días de estancia en París, no se había atrevido a irle a visitar. También por este motivo fue a verle a su despacho, en una especie de lugar público, donde estaría rodeado de empleados y de ujieres, y no a su casa particular. La antevíspera había creído ver a Luciano por la calle, y al instante había desandado el camino para tomar una callejuela transversal.