Rojo y blanco

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«En fin —le había sugerido su inteligencia—, siempre es preferible que si debe ocurrir una desgracia (entendía por desgracia un puñetazo o una patada bien propinada), suceda en un lugar cerrado y sin testigos, antes que en mitad de la calle. Estando en París, no puedo dejar de encontrarme con él un día u otro».

Para decirlo todo, a pesar de su avaricia y del miedo que le proporcionaban las armas de fuego, el tunante Du Poirier había comprado un par de pistolas, que en aquel momento llevaba en el bolsillo.

«Sería muy posible —se decía—, que en época de elecciones, durante la cual los odios andan desatados, el señor Leuwen haya recibido alguna carta anónima y en este caso…».

Pero Luciano le estaba abrazando con lágrimas en los ojos.

«¡Ah!, sigue siendo el mismo» —pensó Du Poirier; y por un instante, sintió hacia nuestro héroe un desprecio inexpresable.

Al verle, nuestro héroe creyó hallarse en Nancy, a doscientos pasos de la casa en que vivía la señora de Chasteller. Quizá Du Poirier le había estado hablando. Le contempló con tierna atención.


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