Rojo y blanco

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«¡Pero cómo! —se dijo Luciano—. ¡No va desastrado! ¡Lleva un traje nuevo, lo mismo que los pantalones, el sombrero y los zapatos! ¡Jamás se había visto cosa semejante! ¡Qué cambio! ¿Cómo se habrá decidido a realizar un gasto tan exorbitante para él?»

Como buen provinciano, Du Poirier exageraba la penetración y los crímenes de la policía.

—He aquí una calle bien solitaria. ¿Y si el ministro del cual me he estado burlando esta mañana hiciese detenerme por cuatro hombres y me tiraran al río? No sé nadar y, además, una afección pulmonar es muy fácil de coger.

—Pero esos cuatro hombres tendrían esposa, amantes o camaradas si se tratara de soldados; hablarían. Por otra parte, ¿cree que los ministros son tan malvados?…

—Son capaces de todo —prosiguió Du Poirier con calor.

«No se puede curar el miedo», pensó Luciano, y acompañó al doctor.

Cuando se hallaban a lo largo del muro de un jardín, el miedo del doctor aumentó. Luciano notó que su brazo temblaba.

—¿Lleva usted armas? —preguntó Du Poirier.

«Si le respondo que no llevo otra que mi bastón de junco —pensó Luciano—, es capaz de desmayarse de miedo y de tenerme aquí una hora».


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