Rojo y blanco
Rojo y blanco Fue a ver al señor Crapart, jefe de policía del ministerio, y le rogó que comprobara lo que decía des Ramiers. El señor Crapart, algo extraño en los salones de la más alta sociedad, no tenía ninguna duda de que Leuwen se hallaba en las mejores relaciones con la señora condesa de Vaize, o por lo menos a punto de alcanzar uno de los puestos más envidiados por los funcionarios jóvenes: el de amante de la mujer del ministro. Sirvió a Luciano con el celo más perfecto, y ocho días más tarde le entregó los informes originales, en los que figuraban las opiniones manifestadas por el señor des Ramiers sobre la señora de Vaize.
—Espérame un momento —dijo Luciano a Crapart.
Y llevó aquellos informes sin ortografía de los confidentes de la alta sociedad a la señora de Vaize, la cual se puso intensamente ruborizada al leerlos. Tenía hacia Luciano una confianza y el corazón abierto hacia él, muy próxima a un sentimiento más tierno; Luciano lo veía bastante claro, pero se Sentía tan cansado por las muestras de amor que debía ofrecer a la señora Grandet, que toda relación de aquel género le causaba horror. Algún paseo, tranquilo y solitario, al paso de su caballo por los bosques de Meudon, era lo que habían encontrado más parecido a la felicidad desde su regreso de Nancy.