Rojo y blanco

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La señora Grandet hizo perfectamente al no pretender seguir construyendo frases; el señor Leuwen, que era un hombre más amante de la diversión y del humor que de los negocios, y que, sobre todo, carecía de ambición, empezaba a encontrar ridículo hacer depender sus planes de los caprichos de una mujercita, y buscaba en su cerebro algún pretexto para poner a Luciano en evidencia.

«Yo no he nacido para un ministerio, soy excesivamente perezoso, demasiado acostumbrado a las diversiones —se decía mientras la señora Grandet iba pronunciando frases vacuas—, que tiene poco en cuenta el mañana. Si en lugar de tener ante mí a una mujercita de París, con la cual sostengo una batalla dialéctica, tuviera al rey en persona, mi impaciencia seria la misma, y jamás me sería perdonada. Así pues, lo que debo hacer es concentrar todo mi esfuerzo en lo que se refiere a mi hijo».

—Señora —dijo como si con el pensamiento regresara de muy lejos—, ¿desea usted hablarme como a un anciano de sesenta y cinco años, por el momento ambicioso y metido en política, o prefiere continuar haciéndome el honor de tratarme como a un atractivo joven entusiasmado con sus encantos, como lo son en realidad todos los que la ven?


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