Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Hable, caballero, hable! —repuso la señora Grandet con energÃa, pues era hábil para leer en los ojos de los que hablaban con ella si habÃan tomado alguna decisión y empezaba a sentir miedo. Le parecÃa que el señor Leuwen se hallaba en el estado en que realmente estaba, es decir, impaciente.
—Es absolutamente preciso que uno de nosotros dos tenga plena confianza en la fidelidad del otro.
—¡Bien!, le contestaré con toda franqueza que hace un instante me presentaba usted como un deber: ¿por qué debo ser yo la que tenga confianza?