Rojo y blanco
Rojo y blanco La señora Grandet estaba ensimismada y visiblemente preocupada, más por las palabras que debía emplear en la respuesta que por ésta misma. El señor Leuwen, que no abrigaba ninguna duda sobre el resultado de su discurso, tuvo por un momento la maliciosa idea de aplazar la contestación hasta el día siguiente. La noche habría podido ser portadora de buenos consejos. Pero la pereza de tener que volver al día siguiente le hizo experimentar el deseo de terminar el asunto sobre la marcha. Añadió, con acento de voz familiar y bajándola un semi-tono, con la misma voz baja del señor de Talleyrand:
—Estas ocasiones, mi querida amiga, que hacen o deshacen la fortuna de una casa, se presentan únicamente una vez en la vida, y aparecen de manera más o menos cómoda. La ascensión al templo de la fortuna que se le presenta a usted, es una de las menos desagradables que jamás he visto. Pero ¿tendrá usted suficiente carácter? Ya que, en definitiva, por lo que a usted respecta, la cuestión se reduce a este dilema: ¿Puedo confiar en el señor Leuwen, al cual conozco desde hace quince años? Para poder contestar a él con sangre fría y sabiduría, debe usted decirse: ¿Qué idea tenía yo del señor Leuwen y qué confianza me merecía hace quince días, antes de que se hablara del asunto del ministerio y se iniciara una transacción entre él y yo?