Rojo y blanco

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Todo el asunto fue tratado con la misma facilidad. Leuwen consultó con varios amigos de su padre, algunos de los cuales, casi indignados, le increparon por no hacer suspensión de pagos, pagando el sesenta por ciento a los acreedores.

—¿Qué será de ti cuando te halles en la miseria? —le dijeron—. Nadie querrá recibirte en su casa.

Luciano y su madre no habían tenido ni un segundo de incertidumbre sobre la actitud a adoptar. El contrato fue firmado con los señores Leffre y Gavardin, que concedieron una pensión vitalicia a la señora Leuwen porque otro empleado la ofrecía. Por otra parte, el contrato fue firmado con las cláusulas indicadas anteriormente. Dichos señores pagaron cien mil francos al contado, y el mismo día, la señora Leuwen puso en venta sus caballos, sus coches y la vajilla de plata. Su hijo no se opuso a que lo hiciera; había declarado que por nada del mundo aceptaría nada más que su pensión vitalicia de mil doscientos francos y veinte mil del capital.

Durante todas aquellas transacciones, Luciano vio a muy poca gente. Por muy firme que se sintiera en su ruina, las conmiseraciones del vulgo le hubiesen indignado.


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