Rojo y blanco
Rojo y blanco Pronto pudo darse cuenta del efecto de las calumnias hechas circular por los agentes del conde de Beausobre. La gente empezó a creer que aquel gran cambio de posición no había hecho mella en Luciano, por el hecho de que éste era saint-simoniano en el fondo, y que si esta religión le faltaba, podía fácilmente crearse otra.
Nuestro héroe quedó muy extrañado al recibir una carta de la señora Grandet, que se hallaba en una casa de campo cerca de Saint-Germain, en la que le daba una cita en Versalles, calle de Savoya, n.º 62. Sintió grandes deseos de excusarse, pero finalmente se dijo:
«He cometido ya demasiados errores con esta mujer, sacrifiquémosle una hora más».
La encontró perdidamente enamorada y con dificultades para hablar de manera razonable. Demostró una extraordinaria habilidad al hacerle, con toda la delicadeza posible, la escabrosa proposición siguiente: le suplicaba aceptara de ella una pensión de doce mil francos, pidiendo a cambio solamente que fuera a verla, de la manera más honesta, cuatro veces por semana.
—Viviré los demás días esperándote —añadió.