Rojo y blanco
Rojo y blanco Luciano comprendió que si contestaba como debía, provocaría una escena violenta. Le dio a entender que, debido a determinadas circunstancias, aquella solución no podría iniciarse antes de seis meses, y que se reservaba contestar al ofrecimiento dentro de veinticuatro horas. A pesar de toda su prudencia, aquella molesta entrevista terminó en lágrimas, y tuvo una duración de dos horas y cuarto.
Durante todo aquel tiempo, Leuwen seguía unas negociaciones completamente distintas con el viejo mariscal ministro de la Guerra, que, aunque hacía cuatro meses estaba al borde de perder su ministerio, seguía al frente del mismo. Unos días antes de su ida a Versalles Luciano había recibido en su casa la visita de uno de los edecanes del mariscal, el cual, de parte de éste, le había invitado a presentarse al día siguiente en el ministerio de la Guerra, a las seis y media de la mañana.
El joven Leuwen acudió a la cita, todavía medio dormido. Encontró al anciano mariscal con todo el aspecto de un cura rural enfermo.
—¡Y bien!, joven —le dijo el mariscal con aspecto hosco—, sic transit gloria mundi! ¡Otro arruinado! ¡Gran Dios, no sabe qué hacer con su dinero! Nada hay seguro si se exceptúa la tierra, pero los colonos no pagan jamás. ¿Es verdad que usted no ha querido hacer suspensión de pagos y que ha vendido el negocio en cien mil francos?