Rojo y blanco
Rojo y blanco —Completamente cierto, señor mariscal.
—He conocido a su padre, ha sido amigo mÃo, y mientras dure en este cargo, liaré, solicitar de Su Majestad un empleo para usted de seis a ocho mil francos. ¿Dónde lo quiere usted?
—Lejos de ParÃs.
—¡Ah!, ya comprendo, quiere usted ser prefecto. Pero yo no quiero deberle nada a ese poltrón de Vaize. Asà pues, nada de eso, Larirette (esto fue dicho canturreando).
—No pensaba en una prefectura. DesearÃa algo fuera de Francia, esto es lo que querÃa decir.
—Entre amigos hay que hablar claro. ¡Diablos!, no estamos aquà para hacer diplomacias. ¿Le parece bien secretario de Embajada?
—No tengo diploma ni tÃtulo para ser primer secretario y desconozco la profesión. Por otra parte, agregado es demasiado poco; tengo mil doscientos francos de renta.
—No le haré nombrar ni primero ni último secretario; haré que le nombren segundo. El señor Luciano Leuwen, consejero de un ministerio y teniente de lanceros, tiene unos tÃtulos. EscrÃbame mañana diciendo si quiere o no ser nombrado segundo secretario de Embajada.
Y el mariscal le despidió con un gesto de la mano, mientras decÃa:
—¡Honor!