Rojo y blanco
Rojo y blanco Al día siguiente, Luciano, que, por pura fórmula, había consultado con su madre, escribió aceptando.
Cuando regresó de Versalles, encontró unas líneas del ayudante de campo del mariscal, en las que le rogaba se presentara en el ministerio aquella misma tarde, a las nueve. Luciano no esperó. El mariscal le dijo:
—He solicitado para usted a Su Majestad el empleo de segundo secretario de Embajada en Capel. Tendrá usted, si el rey firma el nombramiento, cuatro mil francos de sueldo y además una pensión de cuatro mil en agradecimiento a los servicios prestados por su difunto padre, sin la ayuda del cual mi ley sobre… no hubiese sido aprobada. No le diré que tal pensión sea sólida como el mármol, pero, en fin, esto puede durar todavía cuatro o cinco años y en ese tiempo, si usted sirve a nuestro embajador del mismo modo que ha servido al señor de Vaize y si procura mantener ocultos sus sentimientos jacobinos (ha sido el propio rey quien me ha dicho que era usted jacobino; es un buen empleo, y le puede dar buenos beneficios), en fin, resumiendo, si es usted hábil, antes de que la pensión de cuatro mil francos sea anulada habrá podido conseguir seis u ocho mil francos de sueldos. Es más de lo que cobra un coronel. Con lo cual, buena suerte. Adiós. Acabo de pagar mi deuda, no me pida jamás nada, no me escriba.
Y cuando Luciano se marchaba: