Rojo y blanco

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—Si no recibe nada de la calle Neuve-des-Capucines antes de ocho días, vuelva usted a las nueve de la noche. Cuando salga, diga al portero que volverá usted dentro de ocho días. Buenas noches. Adiós.

Nada retenía a Luciano en París, y no deseaba reaparecer más que cuando su ruina hubiese sido olvidada.

«¡Vaya, tú que podías haber esperado tantos millones!», le decían todos los estúpidos que encontró en el salón de la ópera.

Varias de aquellas personas le saludaban como diciéndole: «No me dirija la palabra».

Su madre demostró una gran fuerza de carácter y una espiritualidad del mejor tono. Él se preguntaba si debía presentarse o seguir esperando, cuando le llevaron un gran paquete dirigido al caballero Sr. Leuwen, segundo secretario de Embajada en Capel. Luciano salió inmediatamente de casa, para dirigirse a la del sastre y encargarse un uniforme; visitó al ministro, recibió un adelanto sobre sus sueldos, estudió en el ministerio la correspondencia de la Embajada en Capel, menos las cartas secretas. Todo el mundo le habló de que debía comprar un coche, y tres días después de haber recibido su nombramiento, partió en la diligencia. Había resistido heroicamente al pensamiento de dirigirse a su puesto por Nancy, Basilea y Milán.


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